12 febrero, 2006

Narrar esta ciudad... y en esta ciudad

El abuelo camina sosegado por la Plaza Bolívar de Ciudad Guayana a mirar lo que entre dos orillas reposa: el Orinoco o el pasado, da lo mismo para él, porque el río siempre ha estado allí, desde antes, mucho antes de todo. Algunos papagayos vuelan alentados por la risa de los niños, algunos caen y el abuelo recuerda la canción de un viejo trovador cubano que vino a cantarle a la nostalgia, como él ahora, sólo que no con canciones, sino con la mudez de la soledad. Ah, si tan sólo alguno de aquellos niños se acercara al abuelo, éste comenzaría con algún hubo una vez y gestaría un cuento, alimentando una memoria huesuda, sin querer, porque el abuelo sólo desea oídos que escuchen –y qué mejor que el de los niños- y hablar de la nostalgia de su pueblo, de su ciudad. Porque el abuelo, como muchos, había nacido en estas tierras al margen del río Orinoco y visto nacer la ciudad industrial, orillada en la confluencia del río Caroní con aquél otro, aquella axila de agua. Nadie se atrevería a preguntar por su mirada al río, que son sus recuerdos, esos siguen nadando como peces en las viejas aguas; éstas como tiempo detenido, como tiempo sin memoria, porque la ciudad flota en la desmemoria de su gente, que nunca pescan los recuerdos del tiempo.
El abuelo nunca sabrá la falta que harán sus cuentos, esas mil y una historias desvanecidas en una memoria apenas formada, apenas memoria. Cómo hace falta narrar esta ciudad, darle un punto en la geografía infinita de la imaginación y la nostalgia. Y que existan cuentos que comiencen con el Hubo una vez... y posiblemente el río, el metal, el acero, la industria, los comercios, los barrios, las villas... se conviertan en los caóticos personajes del caos que es la literatura, aunque nos hayamos referido, sin querer, al hubo una vez de un cuento infantil. Pero se podría imaginar al viejo frente a una media luna de niños, atentos a las historias que podrían comenzar más o menos así: Hubo una vez un grupo de hombres y mujeres, niños y niñas, con sus tíos y tías, abuelos y abuelas, que vinieron desde muy lejos y de diferentes partes del país y del mundo a sembrar una ciudad que nacía de la madre empresa siderúrgica. Venidos del Oriente venezolano, otros del Centro y del Occidente trabajaron juntos con los venidos de otros lugares lejanos, para dominar las tierras de acero de Guayana... y las mil y una historias de estos personajes llegados de tan lejos como el recuerdo a una ciudad aún inexistente, aún sin memoria, comenzarían a dar vida a una ciudad propia, a una cultura y formas de ser que distinguiría a ésta de otras, así como tantas en el mundo la recordamos por una historia: el Paris y el Buenos Aires de Cortázar, la Lisboa de Saramago, la Lima de Vargas Llosa, la imaginaria Macondo del Gabo, la espectral Comala de Rulfo, la Caracas de Garmendia...
Jamás se pensó en darle a esta Ciudad Guayana ese espacio y ese tiempo en la literatura, de la forma en que el abuelo intenta algún encanto para ficcionar sobre su pasado, que es la ciudad y es el río. Sólo muy pocos se han sentado junto al viejo o al pasado o a la memoria, algunos de ellos habrán de convertir aquellas nostalgias en palabra escrita, en poesía, en narración. Se podrían sugerir nombres, se podrían imaginarse algunos, aunque de todos los nombres bastaría ser nombrado uno, como sugiere la obra de aquel viejo escritor portugués, el individuo ante lo demás que es ausencia, nombres como el de Alis Darnott, Francisco Arévalo, Ana Rosa Angarita, Niria Amario o Carlos Yusti, algunos oriundos de otras tierras, otros de estos predios, pero todos vinculados a esta Ciudad Guayana o San Félix o Puerto Ordaz. De estos nombres y unos cuantos más, han nacido páginas escritas sobre una posible ciudad literaria, reflejo de río de una ciudad a la que aún le falta contarse: una ciudad que lloró durante mucho tiempo la sangre vomitada de su Gente, cuando en alguno de sus principios se le tornó a llamársele Santo Tomé de Guayana; una ciudad que decidió crecer a las orillas de un río mítico y maldito, soberbio como la imaginación, el Urinoco, Ibirinoco u Orinoco... Desde que colonos, piratas e invasores decidieran colonizar y fustigar estas tierras sureñas, aquellas aguas que se fundían con la mar siempre fueron la muerte, mientras que otro río que desde sus altas cabeceras vino a dar vida, dividía ya a la futura ciudad, esas aguas negras del Caroní. Y la desmemoria se tragó las historias que hubiesen llenado las mil y una páginas de nuestro imaginario. Permanece oculta, como ya decía Ana Rosa Angarita, la faz de esta Ciudad Guayana.
Bajo el suave crepúsculo de esta ciudad (ya habría alguien que hablaría de la maravillosidad de este crepúsculo guayanés, cotidiano fenómeno hecho único sólo bajo la mirada solitaria de la sensibilidad y la reflexión), el abuelo comenzaría con sus hubo una vez, contados al horizonte, único atento a las historias del viejo. Nacerían cuentos sobre las sangrientas batallas por la independencia y era fusilado uno de nuestros próceres; o más atrás, cuando piratas como Walter Ralegh surcaba el sinuoso cauce del Orinoco y protagonizaban colosales motines con tesoros y misterios incluidos; o aún más atrás, cuando la Gente de estas tierras vivía bajo la espesura selvática que fueron estas latitudes, heredándonos sus mitos y leyendas. El viejo narraría la Guayana prehistórica... qué tipo de seres habrán pisado estas tierras, comido sus frutos, danzado en sus cielos y bebido sus aguas mucho antes de los primeros adanes y evas, o antes de que del barro deviniera en hombre y mujer. Cómo habrán emergido las grandes montañas y tepuyes, aquellos grandes espíritus, como si esta tierra quisiera llegar al alto cielo y besar su suspirante azul y, éste, al exuberante verde de aquel. Cómo habrá sido ese intento, tan lento, tan letárgico, tan sin tiempo que todavía se puede ver su esfuerzo. Y saldrá un hubo una vez de cómo fue que el Caroní se encontró con el Orinoco, de qué hablaron, qué fue lo grandioso que sucedió como para que sus aguas se besaran, cópula infinita, goce eterno de dos aguas tan distintas, como ejemplo de humanidad. O será que el Orinoco –el viejo daría un giro al cuento con un guiño de ojo cómplice– en un arrebato malicioso se empató con el Caroní para dividir a la futura ciudad que en su confluencia nacería, separando miserias, vidas, culturas y memorias.
Un muestrario de estos muros invisibles que dividen a esta ciudad en dos, tres, cuatro ciudades, la da Francisco Arévalo, a través de los sufrires y recordanzas de los habitantes-personajes de su obra. Registra una radiografía de los cánceres de las ciudades, ficticias o no, que conforman Ciudad Guayana, ahondada desde la gente que es la ciudad y sobre aquella primera intenta narrar. Darnott poetiza sobre la época emergente de la Guayana industrial, arraigándose en una sutil irreverencia testimonial muy íntima, muy personal. Ana Rosa Angarita nos descubre, desnuda una tierra de máscaras y aviva la flama ancestral aborigen. Amario se arropa con la nostalgia y el recuerdo, desentraña sus interioridades a través de la memoria fundida en la imaginación hecha palabra. Yusti ironiza sobre la ciudad y su quehacer literario, la paradoja de una cultura sin cultura. La literatura consuela los ardores que sufre cualquier ciudad, ésta continúa esperando el ropaje de aquella que la desvíe por momentos de su fatua cotidianidad.
El abuelo consolaría la tarde moribunda en la Plaza Bolívar, la media luna nacería, no en el firmamento, sino frente al viejo, nuevos niños se acercarían atentos a la escucha de nuevas historias de una ciudad múltiple, sumidero de costumbres y culturas ajenas, enriqueciendo o apartando, como quiera que se mire, la posibilidad de una cultura propia; nuevos nombres surgirían, imaginados o no, como Róger Vilaín, Pamela Astudillo, Anna María Cian, Daniela Saidman y algunos que otros inconformes, jóvenes trovadores ávidos de construir y formar parte de la memoria guayacitana.

Posible bibliografía incompleta sobre la Guayana literaria
Nueva Poesía de Monagas, Bolívar y Delta Amacuro, de Cipriano Fuentes. Antología de Poesía Guayanesa Contemporánea, de Jesús Pérez Quijada, Sara Mukherjee y Eugenio Cortez. Nadie me reina en estos parajes de hormigón; La esquizofrenia de las golondrinas; Adiós Matanzas en invierno (y unos cuantos más), de Francisco Arévalo. De ciertos peces voladores, de Carlos Yusti. Solos de bajos, de Anna María Cian. La faz oculta de Guayana, de Ana Rosa Angarita. Ejercicios Narrativos, de José Balza. Lo que somos, de Abraham Salloum Bitar. Tanta nada para tanto infierno, de Teresa Coraspe. Variaciones desde el sillón, de Riolama Fernández. Pirata, de Luis Britto García. Canaima, de Rómulo Gallegos. Papeles biográficos, de Alejandro Otero... Y en un intento de sacarlos de la desmemoria, la obra de Horacio Cabrera Sifontes, José Sánchez Negrón, Rafael Pineda, Alis Darnott, Leopoldo Villalobos, José Quiaragua, nombres de todos los nombres de la literatura guayanesa, y otros que harían más larga lo largo.